Todos los asistentes tenían una idea general de su contenido, gracias sobre todo a la difusión que le dio Televisa, pero todos, también, tuvieron que reconocer que las formidables imágenes que los aguardaban eran muy superiores. Sí: la experiencia museográfica supera a la televisión; los conceptos visuales de Colbert son mucho más profundos en el espacio de bambú que domina el Zócalo capitalino. Aun así, la convocatoria de Televisa no prosperó mayormente en el mundo de la cultura. Faltaron muchas de las personalidades que suelen ser la nota de toda crónica. Y fue más fácil encontrar a Chabelo que a Carlos Fuentes, si bien no faltó la presenc
ia y testimonio indispensables de Carlos Monsiváis. En consecuencia, predominaron los ejecutivos, los medios y los curiosos de ese entorno glamoroso que siempre está pendiente de este tipo de novedades que se hacen entender a partir de la simple belleza (que hace mucho demostró no necesitar de expertos para su apreciación llana).
ia y testimonio indispensables de Carlos Monsiváis. En consecuencia, predominaron los ejecutivos, los medios y los curiosos de ese entorno glamoroso que siempre está pendiente de este tipo de novedades que se hacen entender a partir de la simple belleza (que hace mucho demostró no necesitar de expertos para su apreciación llana).
El museo de bambú permitió todos los sueños de Colbert. Su material abrigó cada imagen como si cada una de ellas transcurrriera en ese momento.
Un incauto observador dice, para hacer notar su sensibilidad, que el trabajo del artista ha captado cada momento a la perfección. No es cierto. Cada imagen denota una larga espera, una preparada y asombrosa espera que nos hace pensar en su imposibilidad: todo es onírico, jamás le pudo ocurrir a ningún fotógrafo paseando por el desierto o por un templo egipcio. El trabajo de Colbert es, desde un principio, una maravillosa trampa en la que las imágenes más extraordinarias deben caer poco a poco, como en un sueño profundo.
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